Analisa

Williams Choy

UBUNTU

Yo estoy bien, si tú estás bien.

Acompañar a otros es un arte

No puedo cambiar lo que hace otra persona, pero sí puedo actuar de otra manera con lo que hace el otro y es ahí donde me enfoco.

Escuchar al otro en silencio, sin responder, sin aconsejar es parte del proceso. Foto: Elements Envato

Cada día que abrimos los ojos es una nueva oportunidad para crear y tratar de hacerlo mejor. Todo ser humano tiene ese deseo de mejorar.

Esta oportunidad se puede ver constantemente nublada por los sucesos del mundo, de nuestro país, por alguna crisis personal, de algún familiar, amigo, colega, conocido o por duelo.

Y es aquí donde lo que empezó como una inspiración, de repente con un gesto, una mirada, un desprecio o una palabra, se desvanece.

Nuestras relaciones son un pilar importante en nuestras vidas, pues todos nacemos con esa necesidad de socializar y pertenecer.

¿Has pensado en tus relaciones? ¿En tu forma de tratar a la otra persona? (sea familiar, amigo, pareja, hijos, padres, o bien las personas con las que te encuentras en la calle u oficina).

 ¿Cómo te relacionas? ¿Qué dices? ¿Qué haces? ¿Cómo es tu movimiento? ¿Qué te gusta de una relación? ¿Qué te aportan las relaciones? ¿Qué aportas en tus relaciones?

He tenido la inmensa fortuna de tener muchos buenos amigos y conocidos. Desde pequeña me gustaba jugar y socializar.

VEA ESTO: ¡Escúchate! y ten cuidado con lo que dices

Este juego de socialización, junto a mi forma de ser extrovertida, me llevaba a sentir seguridad y confianza en mí. Recuerdo que era la que reclutaba, convocaba, auxiliaba y salvaba. Tenía (creía yo) un don de resolver. 

También era muy honesta (demasiado), al punto que en un sitio en el que laboré yo era la persona que le tocaba despedir a los trabajadores. Me decían que era increíble cómo podía decir algo malo sin hacer sentir mal a la contraparte. Yo me jactaba de eso.

Tenía dos amigas muy cercanas y siempre una de las dos estaba “sentida” conmigo. Era como si se turnaran.

Decían que yo les hablaba muy fuerte. Y yo me sentía orgullosa porque estaba cumpliendo mi rol de amiga que “incomodaba para ayudarlas” y lograba con éxito el incomodarlas, sin percatarme que no las ayudaba en nada, pues se sentían peor. 

Yo seguía hacia adelante sin percibir sus sentimientos. Recuerdo que le decía (a la que sí me hablaba, mientras la otra estaba molesta): “yo soy así”, “esto es lo que hace una buena amiga”, “soy sincera, lo siento”, “sino se lo digo yo, nadie se lo va a decir”, “mira lo que hace fulana”, “se ve mal”, “lo que pasa es que tú eres…”

Luego de esta catástrofe relacional, con la cual yo mantenía mi pensamiento de que estas son mis grandes amigas (quizá yo no era la mejor amiga), por situaciones del destino, ahora tengo algunos años estudiando y explorando este tema de autoconocimiento y relaciones. Confieso que me alivia y me inspira. 

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Primero, porque tengo las mejores amigas que, a pesar de mis palabras de desaliento, aún siguen siendo tan queridas y cercanas. Segundo, porque veo una luz y una intención de mejorar, tanto la relación conmigo misma, como la que mantengo con los demás.

Solo con tener el deseo de querer cambiar podemos ir observando nuestras relaciones y detectar qué hacemos y qué dejamos de hacer.

Y para esto traigo un ecualizador que va a medir el brillo, el tono, el ambiente de mi ser. Es único, ya que todos somos diferentes y mi responsabilidad soy yo.

No puedo cambiar lo que hace otra persona, pero sí puedo actuar de otra manera con lo que hace el otro y es ahí donde me enfoco.

Este aparato se utiliza, no cuando estamos de fiesta con la amistad brillando, sino justo en los momentos de conmoción, molestia, discusión. He aquí el secreto.  

Mi ecualizador me está ayudando a:

Bajar el volumen a los juicios y críticas para poder realmente respetar al otro, quien está en un proceso completamente distinto al mío, tiene una personalidad distinta con sus propios gustos y formas de pensar y sentir.

Sentir al otro para poder conectar con él. Sentir lo que siente, no lo que hace. Si nos enfocamos en lo que hace el otro, una y otra vez, nunca podremos entrar en su sentir y de seguro se acercarán momentos estresantes.

Escuchar al otro en silencio, sin responder, sin aconsejar.

Validar al otro, aunque yo no esté de acuerdo.

Permitirle que transite su proceso sin rescatarle. No soy salvadora.

Poner límites yo para cuidarme y cuidar al otro.

Ayudar a buscar soluciones y no culpables, si el otro lo permite, mediante límites y estructura.

Te invito a que practiquemos esto cada vez que puedas. No basta con escribirlo y leerlo. Estos tiempos requieren de acción, porque -aunque no lo hayamos descubierto- somos los pioneros de un proceso de cambio, de una nueva Era.

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