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Hay que ganarle a los criminales

El caudal de sangre que desperdigan los antisociales, no pocas veces ha alcanzado a gente común que, por infortunio, ha estado en el lugar equivocado y a la hora inoportuna.

Que el crimen organizado, las bandas y las pandillas hayan asumido un papel protagónico en el escenario panameño, es inquietante, al igual lo es el hecho de que voceros de los organismos de seguridad quieren disimular su falta de eficacia con aquello de que se están matando entre ellos.

Si esa fuera la realidad y estos grupos se estuvieran autodestruyendo en sitios aislados, quizás pudiéramos consolarnos con esa respuesta, sin embargo, la realidad nos golpea de manera contundente.

El caudal de sangre que desperdigan los antisociales, no pocas veces ha alcanzado a gente común que, por infortunio, ha estado en el lugar equivocado y a la hora inoportuna.

Solo este año hemos sido testigos en varias ocasiones, aquí mismo en el centro de la ciudad de Panamá, de la manera como estos sujetos de malvivir han saldado sus cuentas a sangre y fuego en restaurantes, supermercados, centros comerciales, estacionamientos públicos, avenidas abundantemente transitadas y más recientemente, en un restaurante convertido a bar y discoteca con la complicidad de la noche, la desidia de sus administradores y la contemplación pasiva de las autoridades.

Preludio del caos

Es un despropósito como sociedad que nos conformamos con aquello de que se trata de un problema entre gente que «está en problemas «.

No es así, porque cuando culpables e inocentes pagan por igual las consecuencias de esta trama violenta y sangrienta, significa que algo no está funcionando bien y la tendencia es que empeore.

La contabilidad comparativa es buena para decir que se está mejor que antes y para lucir políticamente bien, pero para el común de las personas, solo ver una gota de sangre es suficiente para saber que hay una herida a flor de piel y que eso no es bueno.

Nadie debiera estar batiéndose a tiros en nuestras calles y mucho menos la gente merece vivir al filo de muerte, ante la pérdida de control que empiezan a padecer nuestras autoridades.

Hay que cortarle el paso a los disociadores, impedirles que sigan calando en nuestra sociedad, en nuestras empresas, en nuestros barrios, en nuestra política, en nuestras instituciones de seguridad y en nuestro amor propio.

Es un compromiso de todos y un deber de quienes nos dirigen.

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