La gloria dura un segundo

Hambre, barro y riesgo detrás de la cuna de los mejores jinetes del mundo.

Fotografía principal: Sinecio Martínez

—Sal montando y de un viaje.

—Pon tu caballo pegado a la puerta.

—Cuando salgan apura esos primeros cien metros… quita y pon para que te vayas.

—Que te sigan los rumberos.

—Pica bien, acomódate y espera lo más que puedas.

—A los seiscientos haces correr y te tiras afuera porque el riel está pesado.

—Y muy importante… no vayas a meter la pata.

Antes de que el juez de paddock dé la orden, los jinetes reciben las últimas instrucciones de sus entrenadores. Algunas veces no se dice mucho porque el jinete ya conoce bien al caballo, pero siempre habrá algo que recordarle.

Muchos entrenadores hablan como si fueran ellos los que van a montar. Dan indicaciones, corrigen detalles y repiten estrategias una y otra vez. Sin embargo, la realidad es otra: solo el jinete se montará e irá camino a la gloria.

El ruido antes de la gloria

En el Hipódromo Presidente Remón casi todo se habla a los gritos.

Se escuchan caballos golpeando las puertas de sus pesebreras antes de la hora de repartir la comida. Los grooms corren entre las cuadras, alguien discute porque un jinete no montó como se le indicó y, a lo lejos, aparece un vendedor de pacas de pangola buscando afanosamente quién quiera ganarse un par de dólares descargando el camión.

El calor pesado de Panamá se mezcla con el olor a estiércol, sudor, pangola mojada y viruta húmeda.

A pocos metros de la pista esperan los caballos que correrán la siguiente competencia. Algunos grooms permanecen calmados junto a sus ejemplares; otros se persignan, hacen una oración en silencio o amarran un lazo rojo en la brida para espantar el mal de ojo.

En el paddock se mezclan nervios, supersticiones y silencio antes de la partida.

La fiesta burrera está en acción.

Porque en la hípica nadie quiere perder antes de correr.

Pero la realidad es otra: casi siempre se pierde.

Solo uno cruzará la meta en primer lugar, a menos que ocurra un empate, algo que sucede muy raramente.

Esa es una de las primeras verdades que aprende cualquiera que crece alrededor del óvalo juandieño. Detrás de cada carrera hay semanas de trabajo, caballos lastimados, apuestas, discusiones, madrugadas eternas y hombres intentando controlar animales de quinientos kilos durante apenas poco más de un minuto donde todo puede salir bien… o terminar en desastre.

El barro también tiene memoria

Aquella tarde parecía una carrera más.

El caballo salió casi caminando del partidor y su jinete, con los pies fuera de los estribos, quedó en el último lugar.

Logró estribar y apuró un poco su cabalgadura. Antes de llegar a los 800 metros ya estaba nuevamente en carrera.

Seguramente recibió unas instrucciones, pero tuvo que improvisar sobre la marcha.

Al entrar a la recta final y faltando apenas 400 metros para el disco final, tomó la punta y se encaminó hacia la gloria.

Los fanáticos gritan eufóricos al ver a su apuesta en la delantera. El dueño y su esquina reman desde las gradas como si pudieran empujar al caballo con los brazos para sostener la ventaja.

El barro explota debajo de los cascos y el narrador acelera la voz siguiendo el ritmo frenético de la pista, dando como ganador a aquel noble potrillo.

Segundos antes de la caída, el caballo ya había cruzado la meta en primer lugar (con paso firme jinte Jose valdez).

Y entonces vino la caída.

Después de cruzar la meta, el caballo siguió impulsado por la adrenalina y el cuerpo del jinete salió expulsado violentamente hacia el lodo oscuro. El uniforme rojo quedó suspendido apenas un instante en el aire antes del impacto.

Un microsegundo congelado entre la gloria y la tragedia.

La imagen fue capturada por el fotógrafo hípico Sinecio Martínez, quien lleva más de 56 años documentando desde su lente la vida del Hipódromo Presidente Remón.

El jinete que aparece suspendido en el aire es José Valdés, segundos después de haber cruzado la meta en primer lugar.

En cualquier otro deporte, cruzar primero significa alivio.

La cuna de los mejores

En la hípica, a veces significa apenas sobrevivir unos metros más.

La fotografía de aquella caída captura mucho más que un accidente. Resume la esencia completa del hipismo panameño: hombres pequeños enfrentando animales gigantes, jinetes peleando contra el hambre para mantenerse dentro del peso permitido, entrenadores viviendo entre presión y supersticiones, muchachos que abandonan Panamá siendo adolescentes para perseguir una oportunidad en Nueva York, Florida o California.

Porque Panamá no fabricó campeones por casualidad.

Los construyó a fuerza de disciplina, hambre y riesgo.

Durante décadas, el país produjo generaciones enteras de jinetes capaces de dominar las pistas más difíciles de Estados Unidos. El mundo aprendió a respetar nombres como Braulio Baeza, Laffit Pincay Jr., Jorge Velásquez, Jacinto Vásquez, Alexis Solís, Cornelio Velásquez, Roberto Pérez, Wigberto Ramos y muchos otros que ayudaron a convertir al istmo en la indiscutible “Cuna de los mejores jinetes del mundo”.

La parte que nadie ve

Pero detrás de cada fotografía levantando trofeos existía otra realidad mucho menos visible.

La del sacrificio.

Porque mientras el público celebra la victoria, muchos jinetes libran batallas silenciosas contra el hambre, el cansancio, el miedo y la presión de un deporte donde el margen entre la gloria y la tragedia puede durar apenas un segundo.

En las cuadras se aprende rápido que el talento no basta.

Hace falta disciplina.

Hace falta soportar derrotas.

Hace falta aprender a caer.

Y volver a montarse.

Muchos lo logran.

Otros se quedan en el intento.

Pero todos, absolutamente todos, terminan marcados por el barro del hipódromo.

Porque la hípica panameña no es solamente un deporte.

Es una forma de vida.

Continuará…

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