Luis Enrique

Zamora

LA LETRA DEL MÉDICO

Afecciones por la tiroides

La hormona milagrosa

La levotiroxina fue una bendición, su estudio posterior, llevado a cabo hasta la saciedad, nos enseñó que es un fármaco demasiado seguro.

Ninguna de las dos lo sabía, pero fueron despidiéndose poco a poco, casi sin notarlo, hasta que fue muy tarde. El brillo se ausentó de los ojos de la hija, su piel se fue tornando pálida, rígida, y su comportamiento fue deteriorándose con el tiempo. Sus capacidades neurológicas dieron pasos agigantados hacia atrás, y su agilidad mental se convirtió en cosa del pasado. Sorda, con demencia a cuestas, 10 años después de que algo falló dentro de ella, la joven murió. El hipotiroidismo mataba en 10 años sin tratamiento. Destruía, llena de las secuelas que hoy, gracias a una simple tableta, muy difícilmente vemos.

El siglo XX iniciaba prometedor: la epinefrina había sido sintetizada en 1901, y la aspirina ya era una realidad gracias al laboratorio Bayer. Se abría de par en par un siglo que traería carretadas de soluciones a problemas imposibles, milenarios.

Si bien la solución no estaba al alcance, los más centrados alcanzaban a observar el comportamiento de la enfermedad que lentamente acababa con las vidas de los desafortunados elegidos.

Poco a poco, cada uno de ellos alcanzaba a desarrollar lo que se terminó conociendo como cretinismo, el extremo más grave del hipotiroidismo, lo mismo ocurría en el adulto que desarrollaba esta enfermedad, como igual en los niños que no tenían el respaldo de la hormona tiroidea en las fases críticas de su desarrollo, fuera por ausencia de su glándula tiroides, o simplemente por la nula producción de la hormona. Cualquiera de los dos caminos llevaba a la tragedia.

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Los niños con rasgos que la ciencia describe como monstruosos, con enormes cabezas, lengua enorme y, por si fuera poco, esos rasgos “imbéciles”, apáticos, tal como Félix Platter lo estableció en 1602, por primera vez.

Para 1754, la triste palabra aparecía en la enciclopedia de Francia, pero no había más nada que hacer y la oscuridad reinaba, la única explicación para esta tragedia infantil era que los padres se intoxicaban al procrear.

Los antecedentes de esta enfermedad se citan en fechas tan antiguas como 1215 en el libro Reuner Musterbuch, donde aparece descrito por primera vez la asociación entre el bocio y lateración típica del cretinismo. El patrón de imbecibilidad y un bocio enorme eran conocidos, y zonas como los Alpes, Pirineos, tenían muchos casos, donde era endémico.

El tiempo siguió su marcha, acumulando muertes, enseñando con saña al ser humano que no podían hacer nada para evitar su destino.

La Enfermedad siguió cobrando miles y miles de muestres y el tiempo nos llevó a 1850, cuando Thomas Blizard Curling, describió a 2 niñas de 10 años de edad con expresión idiota y poca fuerza al caminar, incapaces de hablar, y muertas finalmente. En la autopsia, descubrió un horrible punto en común entre ellas: no tenían glándula tiroides, sus hallazgos fueron publicados ese año.

Pasaron 20 años, en la década de 1870, aparece descrito el caso de un niño de 14 años con cretinismo, pero con bocio, el crecimiento anormal del cuello debido al aumento en el tamaño de la tiroides, en el hospital y fue el paso en falso de la muerte, que permitió ir resolviendo el misterio.

Es curioso ver, que el Yodo, era en realidad una de las alternativas curativas, la historia del yodo fue descubierto en 1811 y bautizado unos años más tarde. Barnard Curtois, se encontraba fabricando pólvora (necesaria pues estaban en las guerras napoleónicas) a partir de algas marinas, de las que requería sus sales, las cuales obtenía tras quemarlas. Un buen día añadió ácido sulfúrico a la mezcla, desprendiendo esta un humo de color morado, que definió el que sería su nombre, en 1814 (la palabra yodo significa violeta).

El misterio poco a poco se fue resolviendo, ya que el desecho del proceso de la fabricación de la pólvora vino a cambiar nuestras vidas. Si bien el yodo llegó en 1811-1814, en este mismo siglo, el XIX, se descubrió que había regiones en donde el bocio era endémico, como en los Alpes, donde comunidades enteras tenían numerosos enfermos, que misteriosamente mejoraban cuando salían de esa región y pasaban largos períodos de tiempo en lugares donde no había bocio. Hoy sabemos que lo que ocurría, era que hay sitios en donde el agua es rica en yodo.

Por ahora, era la única pista rumbo a un tratamiento, la única posibilidad para muchos, y en 1860, se llevó a cabo un estudio de magnitudes impensables hasta entonces: 5,000 niños con bocio recibirían yodo, presentando 4,000 de ellos, mejoría. Para 1874, llegó el término mixedema, diría William Whitey Gull: “Un estado de cretinismo adulto (sin bocio), con incapacidad mental y física” el término mixedema hace referencia al “edema gelatinoso del tejido conectivo que no fluye al cortar la piel”. Gull entonces puso en la mesa que el mixedema ocurría por atrofia de la glándula tiroides, ya fuera espontánea o adquirida mediante cirugía.

Poco a poco, las piezas iban armando el rompecabeza, ya que no andaba tan perdido. En 1883, Theodore Kocher, cirujano que realizaba muchas tiroidectomías, observó lo que le pasaba a uno de sus pacientes tras el procedimiento, en quien se desarrollaron síntomas de cretinismo, y se puso a dar seguimiento a otros 101, observando una y otra vez las alteraciones típicas del hipotiroidismo. juraba entonces que la tiroides producía hormonas esenciales para el metabolismo, porque pudo observar demasiado las consecuencias de no tener glándula.

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Qué tan grave era la prevalencia y la incidencia del bocio que, en 1911, la tiroidectomía era la cirugía más frecuente en la Mayo Clinic, el mismo problema que la naturaleza creaba para los humanos, permitió que se diera un escenario único y fértil para la observación que, a la postre, permitiera establecer una asociación más que sólida acerca de que la ausencia de tiroides provocaba hipotiroidismo.

Esto sucedió en ese mismo año, un 23 de noviembre de 1883, en la Sociedad Clínica de Londres, donde se presentaría un caso de hipotiroidismo, asociándose por fin el mixedema, el cretinismo y el hipotiroidismo a la ausencia de la glándula tiroides.

Pero una cosa era hacer la asociación, y la otra explicar qué demonios producía la glándula cuya ausencia llevaba poco a poco al cuerpo hacia el despeñadero.

Nadie tenía idea alguna sobre cómo funcionaba la tiroides, de la cual apenas alcanzaban a concluir que era “un regulador del cerebro y su circulación, y tal vez producía una sustancia muy importante”. Tal fue el punto al cual llegaron los hombres de ciencia, tan cerca y tan lejos de la verdad.

Se necesitaba avanzar y entender para qué servía la tiroides, había que poner en orden las cosas, y Víctor Horsley fue importantísimo, tras darle muchas vueltas al asunto, 2 años después (1885), puso las cosas en su lugar al publicar que el cretinismo, el hipotiroidismo congénito y el mixedema eran fases diferentes de una misma enfermedad, esto permitió atar todos los cabos clínicos.

A finales del siglo XIX (1895), la conclusión, pues, era que el hipotiroidismo se debía a la deficiencia de alguna sustancia. Baumann encontró que el tejido tiroideo animal servía para tratar el mixedema pero, ¿qué faltaba? tres años después (1898), Julius Wagner Jauregg observó que el cretinismo mejoraba con yodo. Concluiría que la glándula tiroides es la más importante para el desarrollo del cuerpo”. Propuso que el yodo se suplementara para prevenir el cretinismo, pero no lo apoyaron.

En la década de los 1900 la ciencia se atrevió, y se empezaron a usar extractos de glándula tiroidea de oveja (en Portugal). Empezaron a colocar glándulas tiroideas animales en abdomen, de manera subcutánea, alcanzando excepcionalmente en uno de los pacientes, una sobrevida de 30 años más. Luego se dieron cuenta que, también, el extracto servía si se administraba vía oral. este paso permitió empezar a enderezar el rumbo, con una medida que, si bien era rudimentaria si lo comparamos con lo que hoy tenemos, fue un innegable baño de luz para cientos, miles de personas. se empezaron a dar mejorías que rayaban en lo bíblico.

Fue de esta forma, que la humanidad entró en la recta final de esta carrera contra el infortunio. Pasaron más de 20 años, hasta que llegó Edward Calvin Kendall.

Soplaron los aires de 1914 en la eterna Mayo Clinic, en Connecticut, en Navidad, y ahí, cristalizó una sustancia que estaba constituida en un 65.3 % por yodo, a partir de tiroides de ovejas, aunque sucedió fugazmente, el descubrimiento escapó, y no sería hasta 15 meses después que volvería a conseguirlo, era la tiroxina. 13 años después (1927), se describiría químicamente, y la triyodotironina terminaría por legar 25 años después (1952).

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Para esta hazaña, Kendall utilizó 3.25 toneladas de glándulas de oveja, y cuando tuvo su descubrimiento en la mano, la utilizó en su primera paciente, una niña de 10 años, atrapada en la encrucijada del hipotiroidismo, con 37 pulgadas de altura y un peso de 16 kgs, con leve retraso mental. En 6 meses, creció 4 pulgadas y mentalmente volaba, por fin una medida más estandarizada, más fácil de administrar, que daba resultados.

Kendall presentó sus resultados en la Federation of a American Societies for Experimental Biology Meeting, en Nueva York, en 1916, el asombro era generalizado. Pensar que en 5 años, el mundo recibiría la noticia de que también la insulina se aislaba, genera una emoción maravillosa. El siglo XIX, fue el despegue tan ansiado para la medicina.

Buenas noticias ocurrierón cada década, la voluntad humana resquebrajó por fin la roca con la que se estrelló incontables veces, buscando soluciones, tratando de salvar a la gente.

Los pasos iniciales con la levotiroxina fueron complicados, pues se utilizaban dosis enormes que oscilaban entre los 3 y 5 mcg por kilo intravenosos, que causaban los inevitables efectos secundarios, con todo, Charles Havington empezó a usar la tiroxina contra el cretinismo, y si algo había de cierto a esas dosis, era que el hipotiroidismo iba a desaparecer en cada paciente. Tristemente, y en general, la tiroxina estuvo disponible desde la década de los años 30, pero no se usó mucho, su despegue fue lento, pero imparable.

La triyodotironina (t3), llegó en 1952, hallazgo que un 1ro. de marzo se publicaba en la prestigiosa revista medica The Lancet.

El viaje de la nueva hormona maravillosa llegaba a su fin, las tabletas de levotiroxina llegaron al gran mercado en 1958, el Reino Unido la recibía con los brazos abiertos, con un tratamiento disponible que definitivamente daba resultados, los estudiosos del tema fundaron la Asociación Tiroidea Europea en 1965, tal y como el descubrimiento de la insulina promovió la aparición de la Asociación Americana de Diabetes.

Con todo y eso, en ese mismo año (1965), 4 de cada 5 recetas aún eran por extractos biológicos, pero el golpe final a ellos llegó con la aparición de la hormona estimulante de la tiroides (tsh), que empezó a usarse como marcador de respuesta a la enfermedad, gracias a ella pudimos darnos cuenta que se requerían menos dosis de levoritoxina para tener respuesta clínica, y pasamos de 300 mcg al día (3 mcg/kg) a 1.6-2 mcg/kg. antes de la llegada de la tsh, la respuesta al nuevo fármaco se medía con la remisión de los síntomas, ahora, tempranamente y antes de que la medicina tuviera gran impacto en cuanto a efectos adversos, los médicos podían reajustar las dosis con un simple examen de laboratorio, como lo hacemos hoy en día.

Y, por si fuera poco, la lucha contra el hipotiroidismo tendría un último un último golpe mortal a favor de la humanidad, gracias a la detección de tsh y de t4, fue posible detectar la enfermedad en el recién nacido. Este programa fue implementado en Quebec, en 1974, con alcances impensables, para 1999, 25 años después, 150 millones de pequeños habían sido estudiados, detectando 44,000 casos que recibieron más que a tiempo, la suplementación con levotiroxina, creciendo sin imaginar, sin darse cuenta del atroz destino al que habían escapado. en nuestros días, a 3 días del nacimiento, debe llevarse a cabo el tamiz neonatal, pudiendo alargarse hasta los 7 días después.

En la década de los 70´s descubrieron que la t3 venía de la t4 y que solo el 20 % de la primera se producía en la tiroides, esto le dio impulso a la monoterapia con t4 ya que el combo era más tóxico, y así continuamos hasta hoy.

Kendall dejó el estudio de la glándula tiroides, su trabajo ya estaba hecho, y se fue a por las suprarrenales, donde gracias al descubrimiento de la cortisona, en 1950, lo aguardaba un premio Nobel.

La levotiroxina fue una bendición, su estudio posterior, llevado a cabo hasta la saciedad, nos enseñó que es un fármaco demasiado seguro. Está catalogada como categoría “a”, y puede utilizarse durante cualquier etapa del embarazo. Nunca un bebé o su madre, estuvieron más protegidos contra esta enfermedad, que en nuestros tiempos.

Una tableta (quizá menos), para cambiar una vida, si esto fuera el slogan de un producto, lo compraré siempre, la maravillosa, única, e irrepetible levotiroxina.

Dr. Luis Enrique Zamora Angulo.

Especialista en Medicina Interna

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