Priscilla

Delgado

Al Natural

Leemos literatura y música

Con los buenos cantautores todo es literatura, en su concepto más puro. Todas costaron una cuota de pensamiento crítico que le permitió a los autores perpetuar sus letras.

Más o menos por el siglo XV nos llegó la música afrocaribeña, destacando que son los descubridores de América los que traen esta música, en donde uno de los instrumentos más importantes era el laúd, antecesor de la guitarra.

Estos dos instrumentos se fusionaron con los de percusión, creando nuestros ritmos y la música popular folclórica, mezcla de las razas que se radicaron en el país.

Dentro de este maravilloso arco iris, Panamá adoptó el ritmo de la salsa, derivada de Puerto Rico con la influencia de Nueva York, que se extendió por Latinoamérica y que, igualmente, tuvo sus inicios en Cuba, con el son cubano, que era conocido en Panamá desde 1940.

Nuestra música popular, además de tener melodía, ritmo y cadencia, contaba una historia, una crónica urbana que recorría los barrios populares, desde el Bronx en NY, los barrios marginales de Puerto Rico y de todo el Caribe.

Pero Panamá que siempre fue el país de los salseros ya no lo es. Le dimos paso al Callao, Cali, Caracas y Puerto Rico, este último, originario de los mejores salseros, en donde se escucha y se baila la salsa «dura», a pesar de que hoy día tiene una fuerte influencia del reguetón.

A pesar de que orquestas de prestigio, tanto nuevas como las de salsa dura, vienen al país, ya no nos mencionan en sus grabaciones y videos, perdiendo Panamá ese privilegio que tuvimos en los años 70, cuando se nos identificó como un pueblo con clave, ritmo y sentido musical.

La salsa también experimentó cambios. Con el tiempo surgió «la salsa sensual», una mixtura con el bolero, con un ritmo más suave pero que, invariablemente, le canta al amor y al desamor.

Igual pasó con los ritmos del trópico, todos tienen una letra que invita a pensar, llámese bachata, merengue o la ya poco atendida «nueva trova», que se quedó simplemente en trova y que es un poco el sentir individual de un pueblo a través de la voz de un cantautor.

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En algún momento de la historia alguien que no tenía cómo denominar este género le puso a la trova «la nueva canción», que para los efectos es lo mismo y que también es una forma de música con un gran sentido estético literario, contando una historia, no todas las veces buena ni entendida, en donde un número importante de personas que apreciamos la letra de la música, no la aceptamos; simplemente porque nos parece mal escrita, sin variación en los acordes, quedándonos sin nueva canción, sin melodía y sin música.

Con los buenos cantautores todo es literatura, en su concepto más puro, alguna mejor que otra, por ejemplo: Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Pedro Aznar, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, pero sin desconocer la calidad literaria de las letras de Francisco Céspedes, Axel Fernández, Pedro Guerra, Rómulo Castro, Ricardo Arjona, Alejandro Filio y muchos más. Todas costaron una cuota de pensamiento crítico que le permitió a los autores perpetuar sus letras, es el caso de Manzanero.

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¿Qué pasa con la música de ahora? Será que se hace música y no se escribe, porque es imposible entender que la música electrónica tenga algún contenido musical.

¿Y qué decir del regué, mal escrito, mal hablado, evidenciando la ausencia de un conocimiento mínimo de español?

Si alguno de los autores de regué usara el idioma de forma medianamente correcta, haciendo una crónica de protesta de los barrios marginados, nuestros jóvenes tendrían alternativas tan buenas como las que tuvimos los que gozamos de la trova, de la salsa y del bolero.

Cantarían de la manera que lo hacen hoy, pero con letras con un mensaje, sin ofensas, sin lesionar el honor o el pudor, sin invitar a la violencia y sin enaltecer la figura del pandillero o el malo del barrio que es un triste ídolo de barro, un prisionero del sistema y que tiene sus días contados con un boleto de ida a la cárcel o al cementerio.

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¿Será que la juventud es sorda? ¿Será que a los jóvenes hay que ofrecerles alternativas, como la propuesta de Danilo Pérez con artistas jóvenes y otros fogueados y conocidos en el ámbito internacional, en su respetado Festival de Jazz de Panamá?

La música es como la literatura, si es buena se queda y si es mala, solo se aprende por poco tiempo. Nos toca enseñar la música, enseñar las alternativas, igual que la literatura, tal como sucedió en las pasadas ferias del libro, pocos conocían a los autores que vinieron, pero Panamá se quedó con ellos porque tenían un mensaje útil y trascendental.

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