Priscilla

Delgado

Al Natural

Los hijos del divorcio

No hay divorcio agradable. Al divorciarnos no hacemos fiesta, todo se delibera en un tribunal, en donde sale a relucir lo más desagradable de cada uno, quedando en el medio los hijos.

Muchas veces los hijos se convierten en trofeos en medio del divorcio. Foto Elements Envato

Cuando decidimos contraer matrimonio estamos tan enamorados que deseamos realizar en nuestra boda una fabulosa fiesta donde estén presentes todos nuestros afectos, a fin de que la misma se convierta en el mejor recuerdo de nuestras vidas, por lo que no importa lo que nos cueste; igual puede ser una cantidad considerable, dependiendo de lo que deseamos hacer, fluctuando fácilmente por encima de los $10.000. Solo el costo de la iglesia pudiera ser unos 500 más.

Ese día se vuelve mágico, porque iniciamos un nuevo camino en compañía de la persona que escogimos para toda la vida, sin pensar que ella trae consigo una historia de vida diferente, al igual que nosotros.

Ambos venimos de distintas historias y costumbres, situación que conlleva a establecer diferencias de hábitos, aprendidos de ambos lados, y que no todo el tiempo son aceptables. Por lo tanto, debemos trabajar en esas diferencias que nos unen, que son muchas, pero siempre pensando que fue una buena decisión casarnos con esa persona que escogimos para decirle “si para toda la vida”.

Después vienen los hijos, ya sea uno o dos o más que son el fruto de esa relación; ellos nos regalan un sentimiento totalmente distinto, en donde muchas veces las madres dejamos nuestros trabajos y profesiones para dedicarnos a tiempo completo a cuidar de nuestros hijos, descuidando totalmente nuestros proyectos personales y muchas veces olvidamos hasta nuestro aspecto físico.

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En las circunstancias actuales, en Panamá esta situación casi no se da, al menos en la clase media, porque ambos deben trabajar para poder sufragar los costos de una casa, con dos niños o más en una escuela privada (eso es lo que desea la mayoría de padres para sus hijos), entre otros muchos gastos.

Al transcurrir los años la relación se refuerza o se vuelve monótona, y aquello que nos acercó puede ser un motivo de alejamiento por distintas razones. Si esto sucede, debemos reiniciar el trabajo de reconquistar aquello que el amor nos llevó a consumar y permanecer juntos por el resto de la vida.

En el pasado, los matrimonios eran para siempre, porque de alguna manera la esposa tenía claro que no era negociable un divorcio y vivían muchos años, durante los que la aceptación de ciertas conductas por parte de marido, eran obviadas y así seguían “hasta que la muerte los separaba”.

Hoy día, las cosas cambiaron y las mujeres estamos empoderadas, estudiamos y trabajamos en cargos de gran responsabilidad, jugando un rol de igual a igual en una relación matrimonial, lo que significa que el respeto debe venir en dos vías. Tú me respetas y yo hago otro tanto y las discusiones adquieren otro nivel, en donde la aceptación sumisa poco se ve.

El tema que deseo abordar es el del divorcio y la situación de los hijos dentro del mismo y lo lamentable que vemos cuando hay una separación, usando como escudo a los hijos, como forma de ataque de esas dos personas que un día se prometieron respeto.

No hay divorcio agradable. Al divorciarnos no hacemos fiesta, todo se delibera en un tribunal, en donde sale a relucir lo más desagradable de cada uno, quedando en el medio los hijos, que se convierten en arma de guerra para dirimir sus conflictos, casi siempre usándolos como parte de esa desavenencia, con el consecuente dolor para estos, con traumas que los llevan con consultas y tratamientos con especialistas de la salud mental, con graves secuelas para el resto de sus vidas.

Ellos quedan secuestrados con el sentimiento de abandono de los padres, aunque queden al cuidado de uno de los dos.

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Los niños no entienden qué pasó y porqué uno de ellos no está haciendo la tarea escolar con ambos, porqué no están en la cena diaria, porqué sus padres no duermen juntos, en fin, un sinnúmero de preguntas que no se pueden contestar y siempre habrá una víctima y un victimario que son los padres. Uno de ellos deberá tener un nivel de comprensión para dar las respuestas que ofrezcan un poco de satisfacción a los hijos.

El divorcio siempre será una salida cuando el conflicto no tiene solución, pero deberá existir un acuerdo prudente para que los hijos no se conviertan “en los hijos del divorcio” y sean lastimados para el resto de sus vidas y de alguna manera cuando sean adultos repetirán los mismos patrones que vivieron en el matrimonio de sus padres.

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