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¿Mi bus?

Explicaciones y excusas habrá muchas, seguramente, pero ninguna será lo suficientemente robusta como para mitigar el justificado malestar de los usuarios del sistema.

Las rutas troncales fueron las más afectadas por los cambios. Foto Ilustrativa.

Si hay una actividad capaz de desestabilizar a cualquier país, es el transporte y en todas sus dimensiones. La razón es simple: el transporte lo mueve todo.

No seríamos nada sin un sistema que permita mover los insumos, las mercancías, los alimentos y, por supuesto, a la gente.

Sobre estos últimos corresponde al Gobierno jugar un papel trascendental para procurar que la población pueda movilizarse en tiempo oportuno, ya sea hacia sus puestos de trabajos, lugares de estudio o citas médicas, por enumerar los más indispensables.

La situación dada en los últimos días, como consecuencia de la decisión de la principal empresa de transporte y movilización masiva como lo es Mi Bus, es vergonzosa y representa una humillación y abuso más que pesan sobre la inmensa mayoría de la población.

Primero justificaron la eliminación de más de 25 rutas troncales con el aumento de los precios de los combustibles y la necesidad hacer más eficiente la operación administrativa de la empresa.

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Días después comprendieron que esa excusa no era lo suficientemente buena para que la gente aceptara eso como motivo para complicarles la vida, por lo que el giro en la comunicación se centró en que la flota de buses está afectada por daños existentes en muchas unidades.

Una vez puesta en práctica la inoportuna, impopular y desdichada medida, con el consecuente rechazo de los usuarios, saltaron a luz cifras por demás deprimentes.

Resulta ser que Mi Bus opera con el 60% su flota, debido que unas 600 unidades, de las 1436 existentes, están inoperantes y varadas en sus patios y talleres.

La pregunta del millón es cómo y en qué momento llegaron ese punto. Explicaciones y excusas habrá muchas, seguramente, pero ninguna será lo suficientemente robusta como para mitigar el justificado malestar de los usuarios del sistema.

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Volvemos a lo mismo. Los gobiernos, y este no es la excepción, generalmente quedan arrodillados ante las medidas de presión de los grupos organizados de taxistas y rutas particulares de buses para terminar subsidiándolos o dándoles nuevas prebendas.

En el caso del metrobus, parece que nadie previó lo que venía y, cuando llegó la crisis, dejaron al pueblo a su suerte.

Causa tristeza ver las zonas pagas y las unidades de metrobus atestadas de gente desesperada y preocupada por la ansiedad que les produce pensar que ya no les bastará tomar un solo bus para llegar a su destino, sino que, por obra y gracia de una empresa -con presencia estatal- deben someterse a un nuevo suplicio. No hubo términos medios y ya el gerente de Mi Bus avisó en la Asamblea que la medida pudiera extenderse por tres meses.

Dijimos al principio que la inoperancia del sistema de transporte puede desdibujar la tranquilidad de cualquier país o ciudad porque incide en toda la dinámica productiva. Toca entonces que el Gobierno enfrente este tema con la misma vehemencia como lo hace cuando los transportistas y sus dirigentes les hacen reclamos.

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La medida de Mi Bus empujará a la gente a las fauces de los “piratas”, los diablos rojos” y de los taxistas con su abusiva política de “libre oferta y demanda”.

Ya estamos colmados de esa política de favorecer a los “juega vivo” y, en cambio, dejar que la soga reviente por el extremo más débil.

En tanto, surge otra monumental interrogante entre los usuarios. ¿Mi bus? Dónde está que no lo veo.

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