Priscilla

Delgado

Al Natural

Mirar a Cuba con cariño

Cuba es hermosa, como hermosa es su gente, sin pensar en qué pasará mañana. De repente cierro los ojos, tratando de adivinar cómo era antes, cómo sería Cuba si no se hubiera detenido.

Una mujer de la vieja escuela cubana fuma un habano en la cálida ciudad caribeña. Foto Ilustrativa

El avión cruzó el mar muy rápidamente y, sin darme cuenta, me senté en el Caribe a meditar en una tarde cálida, viendo tantas diferencias que nos separan, pero que, si miramos con amor, más bien nos unen.

La gente gritando por amor, sintiendo amaneceres con nuevas esperanzas. Niños y jóvenes con rostros que revelen no conocer su historia. Conocen lo que les contaron a medias, pero con sonrisas de nostalgia represadas, que se ven reflejadas en esos techos raídos que se los llevó el tiempo, sin darse cuenta. Así pasó más de medio siglo de angustias, de penurias; aislados en medio de un océano.

Cuánto tiempo pasó. No sabemos. Es que el tiempo se detuvo tanto en ese Caribe que no permitió que los edificios crecieran. Nada creció, todo quedó como allí, y no le dieron tregua a otra cosa que no fuera vivir. Vivir sin imaginar, vivir sin presentir qué pasaba más allá de su vista, más allá de esas 90 millas náuticas. 

Los que se fueron dejaron de manera obligada a muchos de los que se quedaron partidos en varios pedazos. Muchos corazones rotos.

Pero el malecón y el morro quedaron intactos, como huella imborrable de una Habana hermosa, con atardeceres mágicos, en donde las palmeras borrachas de sol nos recuerdan que hay vida.

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De repente cierro los ojos, tratando de adivinar cómo era antes, cómo sería Cuba si no se hubiera detenido, cómo sería esa Quinta Avenida, el Vedado, cómo era el cubano de antes. Por que también en ellos hubo un cambio de narrativa, cambios de articulación verbal, todo ese imaginario se detiene en esa Habana de la que nos queda la nostalgia.

Una perla hermosa enclavada en el mar, con gente trabajadora, recursiva, que tiene que buscar el pan de manera diferente. Negros, mulatos, chinos, blancos, jíbaros, amando a Changó con sus cantos yorubas y sus habanos sin igual.

Tomé un taxi del año 1940. No sé cómo consiguen mantenerlos en pie. Hice mil paradas, preguntando direcciones que nadie conocía.

Ese cubano también se quita la ropa, regala su comida, la comparte sin entender aún por qué no tiene internet. Ellos saben que, del otro lado, todos tienen, pero no se quejan. Después de todo, no conocen más, así que siguen en la esquina tomando ron, la negra bailando un son o varios bailando casino. 

De pronto, se va esparciendo la memoria por el ron y el calor para darle paso a la alegría y a la risa que es lo único que les permite sobrevivir en estas circunstancias.

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No solo sobrevivir en Cuba, sino donde estemos, porque en todos lados hay bembés más acomodados, con más lujos y tal vez con más mundo, pero también con hambre y con mucha delincuencia. Los niños se mueren buscando comida en los tinacos, roban, matan desde los 8 años.

Tal vez en Cuba no están tan contaminados, allí la vida se alegra debajo de una palmera con sabor a sal y un bolero de Benny Moré en la Calle Obispo, con los abejones al acecho de quien caiga.

Pero Cuba se las trae en historia y literatura, arte y música y de esa pequeña isla han salido grandes músicos como Ibrahim Ferrer, Los Van Van, la gran Alicia Alonso y escritores de la talla de Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Pedro Juan Gutiérrez, José Martí y muchos otros que no alcanzo a mencionar por la grandeza de obra y la calidad de su arte.

Cuba fue la casa de Ernest Hemingway, quien vivió 20 años en La Habana, ganador de premio Pulitzer, que habitó en la finca La Vigía que hoy se puede visitar porque está acondicionada como casa museo.

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En La Habana todo nos huele al Viejo y el Mar, todo nos huele a historia siempre y cuando la miremos con amor, sin sentir la diferencia que nos separa. Cuba es hermosa, como hermosa es su gente, sin pensar en qué pasará mañana. Solo disfrutar de ese paisaje inigualable y de esa comida que se queda en todos los sentidos una vez la probamos. Hermosa Cuba, es para volver siempre.

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Un comentario

  1. Tú lo has dicho, Priscilla: Cuba es para volver siempre! Más bien, Cuba nunca se ha ido de nosotros, permanece en el recuerdo, en el olfato oliendo a caña y ron, en la sonrisa de sus niños carabalí. Sigue ahí, esperando que la dejemos respirar.

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