Pitufos mentales

El motor de sus vilezas, en la mayoría de los casos, es la envidia y una vez descubiertos huyen, se encolerizan culpando a otros de sus errores o minimizándolos, o lo que es peor, se victimizan. 

En la obra literaria Los Viajes de Gulliver (1976), el personaje principal Lemuel Gulliver, sufre un naufragio, queda inconsciente en la orilla de una playa de una isla y cuando despierta se encuentra atado y bajo el control de seres humanos con un tamaño extremadamente bajo y en medio de su desesperación se da cuenta que está en el reino de Liliput y de ahí el término liliputense, para referirnos a algo dramáticamente pequeño.

Dado que es un término ampliamente conocido por su denotación negativa, yo prefiero reemplazarlo por Pitufo Mental para referirme a personas desmesuradamente pequeñas en sus acciones y especialmente cuando incluyen cualquier tipo de violencia, maldad, control, manipulación, agresividad desmedida, engaños, estafa, mentiras o cualquier manejo que empequeñezca al ser humano.

Recientemente, Twitter tuvo como tendencia sostenida el descubrimiento de una cuenta que se vale del anonimato para atacar y dañar reputaciones. Cuando se vinculó la cuenta a su supuesta creadora muchos caímos en cuenta del trayecto delincuencial comprobado y las sospechas aumentaron exponencialmente después de que se cerrara la cuenta bajo una falsa amenaza de rastreo por IP y posterior al comprobar contradicciones, tras la hilarante aclaración de la cuenta falsa al resucitarse al tercer día. Veamos lo liliputense en todo esto.

Somos seres gregarios y lo natural es el contacto físico, por lo cual migrar de la virtualidad al mundo real es una consecuencia inherentemente humana, lo que nos debe llamar la atención es la insistencia de alguien en generar encuentros con desconocidos y hacerlos ver en sus redes virtuales como amigos cuando realmente son personas recientemente conocidas.

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Richard Dawkins en su libro, El Gen Egoísta (1976), nos enseña que por más altruista que pueda parecer una pequeña acción siempre hay un componente egoísta ya sea porque nuestra filosofía de vida nos produce satisfacción al darle comida a un desvalido hasta gente con una psicología retorcida, pasivamente antisocial y/o activamente narcisista al punto de utilizar Twitter para fabricar una falsa imagen personal, conectar con gente, publicar en exceso todo lo bueno que se haga a favor de terceros, utilizarlos para aparentar una vida socialmente sana, y luego enrostrarle confidencias tanto personalmente como en una red social, ya sea bajo el nombre propio o detrás del anonimato.

¿Tiene ese patrón algo distinto a los depredadores que captan víctimas a través de las redes sociales para luego matarlas, aprovecharse de ellas o hacerles daño?  No todos los psicópatas tienen las manos llenas de sangre. Hay conductas antisociales que destruyen reputaciones y causan mucho daño sin siquiera halar el gatillo. 

La difamación que perpetró Amber Heard contra su ex marido Johnny Depp es un ejemplo de lo primero y El Estafador de Tinder, de lo segundo, pero son casos cercanos a nuestra cotidianidad pues vivimos entre ególatras tan rapaces, cuya única finalidad es prevalecer a cualquier costo. Así es como paulatinamente vemos crecer a trepadores dentro de una empresa, líderes políticos en una comunidad, falsos amigos que piden dinero de todos y nunca pagan, hasta grandes dictadores creadores de genocidios. 

El lado brillante en varios de ellos es el carisma, la amabilidad, el magnetismo, los detalles, la eterna sonrisa y su disposición para ayudar en todo, ser parte de todo y la necesidad de protagonismo para generar confianza.

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El motor de sus vilezas, en la mayoría de los casos, es la envidia y una vez descubiertos huyen, se encolerizan culpando a otros de sus errores o minimizándolos, o lo que es peor, se victimizan. 

Sugiero se regalen esta entrevista con la psicóloga clínica Inma Puig (psicóloga de Andrés Iniesta, futbolista élite) 

En mi anterior artículo, Sedúceme describo las herramientas que podemos utilizar para zafarnos, distanciarnos, protegernos o manejarnos con mentirosos, antisociales o narcisistas. Todos somos vulnerables a ellos. 

Muchos se preguntarían cómo hay personas que apoyan a estos antisociales con todas las contradicciones y pruebas que sustentan sus delitos cometidos y muertos enterrados debajo del sótano. 

Una probable respuesta es la figura de la víctima complaciente, alguien que prefiere defender a un delincuente con quien desarrolló un vínculo afectivo a confrontar el dolor que le produciría la pérdida de ese vínculo. 

Otra probable respuesta sea el efecto de la Alemania nazi donde hubo gente sumamente brillante y correcta que se obnubiló con Hitler, compraron el boleto legendario del “ellos contra nosotros” y formaron parte del lado oscuro. Por otro lado, hay quienes comparten el mismo patrón antiético y es una irreverencia a sí mismos dudar de uno de los suyos.

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Paul Ekman sostiene que el estafador puede admitir su error para no parecer perfecto y aun así la gente le cree. 

Por mi parte añado que entre tantos pitufos mentales que nos rodean con sus diferentes roles en la sociedad: jefes, compañeros de trabajo, padres, amigos, etc., la especialidad de ellos es jugar con los comodities más valiosos de la humanidad que están por encima incluso del dinero como lo son el respeto, la honorabilidad y la confianza. 

Nuestra responsabilidad es mantener nuestra mente alerta para desatarnos de esos liliputenses en caso de que hayamos amanecido maniatados en su reino.

La autora es decodificadora de lenguaje no verbal

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