Priscilla

Delgado

Al Natural

Soy mujer de dos siglos

La seguridad que nos dan los años es algo que no tiene precio, es genuino, el brillo en la mirada, la sabiduría de las arrugas, la tranquilidad de necesitar menos cosas materiales y sí acumular sellos en el pasaporte.

Hoy somos mujeres del siglo pasado, grandes lectoras, seguras de nosotras, que decidimos en algún momento que el matrimonio no era la única solución de nuestras vidas. Foto Elements Envato

Nací en el siglo XX lo que me ha permitido conocer y vivir hechos importantes que marcaron la historia. Más allá de esos hechos, el tener una transferencia de conocimientos, de sucesos que nacieron y murieron en el siglo XX, nos da la certeza de que tenemos una información acumulada, somos seres privilegiados y eso no ha valido una honrosa denominación: “Baby boomer”.

Vimos el nacimiento de la primera computadora en 1938. Se rompen relaciones Corea del Norte y del Sur, que hasta el día de hoy se mantienen divididas.

Se termina la guerra de Vietnam, viaja el hombre a la luna, se derriba el muro de Berlín. Nelson Mandela se convirtió en el primer mandatario negro de Sudáfrica. Se constituye la Unión Europea y aparece el euro como moneda de curso.

Esto y mucho más hemos vivido, de alguna manera, las personas de los siglos XX y XXl y si lo observamos con perspectiva, es mucho más que contar una historia, es más que vivir el hecho en tiempo presente.

Saber que estábamos vivos cuando el hombre piso la luna no es poca cosa. Saber que la mujer pudo tener el derecho al sufragio en estos dos siglos, así como poder decidir si usar píldoras anticonceptivas y tener derecho a una educación superior, es hablar y escribir en letras grandes.

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Hoy somos mujeres del siglo pasado, grandes lectoras, seguras de nosotras, que decidimos en algún momento que el matrimonio no era la única solución de nuestras vidas y optamos por lograr una carrera, decidimos ser madres solteras, aviadoras, investigadoras, pilotos de aviones cazas; nos fuimos a la guerra con nuestros pares, sin perder la feminidad, usamos el color rojo, nos pintamos los labios y salimos a besar el mundo, si no encontrábamos en nuestro camino unos labios masculinos que nos llenaran de pasión.

Ya tenemos más de 50 años y nunca encontramos el príncipe azul, pero nos encontramos nosotras con nuestra sombra.

Nos entendemos con la celulitis y hasta aprendimos a quererla, igual que la piel y las estrías que son como marcas de guerra.

Pasamos la edad de la inseguridad para darle paso a la complicidad con otras iguales a nosotras, aunque seamos mucho mayores o menores, con ellas intercambiamos confidencias como si fueran secretos de Estado.

En el siglo pasado cambiábamos de talla cada fin de semana, ahora las mujeres de este nuevo siglo aprendimos a arreglárnosla con la misma ropa debido a que es más importante nuestro yo interior que el exterior, aunque este jamás es descuidado.

De que nos sirve un cuerpo perfecto con una cabeza hueca. Es allí cuando nos favorece haber nacido en el siglo pasado.

La seguridad que nos dan los años es algo que no tiene precio, es genuino, el brillo en la mirada, la sabiduría de las arrugas, la tranquilidad de necesitar menos cosas materiales y sí acumular sellos en el pasaporte, tal como declarara una estimada amiga que se ha convertido en una mujer (sin edad) porque este es otro atributo de las mujeres del siglo pasado.

La difícil tarea de ser mujer

Muchas mujeres de 50 años se ven 10 años menor y creo que esto tiene que ver con una vida que nos lleva de prisa sin detenernos, construyendo hogares, proyectos, con hijos adolescentes o grandes que parecen ser la pareja de su madre. Mujeres de más de medio siglo empoderadas más que nunca, que hemos conocido y vivido tantas cosas, que somos parte de un universo que nos sorprendió con manías heredadas y otras adquiridas a lo largo de la vida.

Hemos aprendido tanto que con solo saber que nacimos en el siglo pasado nos da la alegría de reinventarnos en los distintos planos, más seguras, más enfocadas, más libres y con una visión de vida completa y sin pretender cambiar nada de lo que tenemos y de lo que somos.

Eso sí, trabajando siempre, nunca mantenidas, contribuyendo a tener un hogar más estable económicamente sin competir con nuestros maridos.

Hemos hecho un equipo con nuestra pareja, en todos los sentidos y enseñamos a nuestros hijos que el respeto a la mujer no es un eufemismo. Somos diosas, brujas, pero, sobre todo, mujeres maravillosas.

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