Una villa de personajes

Para mí, La Villa de Los Santos es jugar con lego porque aprendo algo nuevo cada día. Yo ignoraba que había una escuela del folklore, es un edificio que ocupa casi toda una cuadra. 

Un ícono del poblado, estratégicamente ubicado.

La fonda más icónica de La Villa, Tradiciones Santeñas, estaba atravesando un cambio de imagen y fui mucho más afortunada al ver a su autor pintar a altas horas de la noche justo cuando el pueblo estaba de fiesta y al ritmo de tambores, cajas, palmadas, salomas y la tonada de La Chola Pendeja le pasamos medio pueblo festivo frente a él mientras pintaba. Él ni se inmutó y seguía sentado en el piso de la estrecha acera prendido de su pincel, me cautivó verlo. 

Seguí de largo coreando las tonadas de la tuna cual gringa feliz y desorejada bailando a paso descoordinado, pero deseosa de conocer a ese artista.

Al día siguiente llegué puntual a mi hora de cita con Doris García, la gerente de esa fonda, y por serendipia volví a ver al artista terminando su desayuno y mi ímpetu me impulsó a hacerle una entrevista inmediatamente.

Me contó que él optó por seguir su voz interna porque, así como lo dice en sus en sus palabras, él nació con el problema de la mano inquieta dándole color a todoÓscar Gómez, oriundo de Santa Ana y residente en La Villa de Los Santos, empezó desde niño con el instinto de El Florentino, defendiendo su agarre muy particular del pincel y sustentando su ímpetu hacia sus trazos con un acercamiento a mucho menos de un metro del lienzo. 

Después de estudiar durante un poco más de un año en la Escuela de Bellas Artes de Chitré, emprendió su senda bajo sus corazonadas y, me contó Óscar, que fue una maestra de primaria con sensibilidad al arte quien lo descubrió y le incentivó a participar en un concurso de dibujo donde se llevó el primer lugar. 

Para su sorpresa, el premio no compensó el costo, el tiempo ni los materiales que un artista innato precisa para desarrollar su don por lo cual, con una lección a muy tierna edad, decidió nunca más competir.

Siguió Óscar comentándome la misma vivencia que la artista Amy, de la serie de Netflix From Scratch, que su búsqueda fue interna “porque lo que hay afuera ya está hecho”.

¿Qué le falta a La Villa para desarrollar tanto talento tan acucioso como el tuyo? le pregunté.  “Compromiso con el arte en general, apoyo del gobierno, promocionar semilleros desde niños y una galería de arte”, me respondió.

Las obras de Óscar ya son ampliamente conocidas por las generaciones que le siguen, por los pobladores de La Villa y, en efecto, es tan intrépido que se mete donde pocos quieren adentrarse; los oscuros y fondos en negro tal como el Cristo que engalana el salón principal de la fonda.

Me enteré que él fue el autor de las paredes envejecidas y todo el concepto artístico de esa fonda con más de 140 años de historia.

Los artistas reclaman un mayor compromiso con el arte.

Yo no tengo arraigo en ninguna parte del interior y la primera vez que pisé La Villa quedé eclipsada con su casco antiguo, su eclecticismo arquitectónico y, muy especialmente, con la pujanza de su gente. En el fondo sentí vergüenza de mi misma al desconocer tantos detalles importantísimos que también forman parte de mi nacionalidad.

Mi anfitriona me presentaba a cada personaje y cuando daban la media vuelta me susurraba a qué arte se dedicaba cada uno aparte de sus empleos fijos, que si el que decora también maquilla, el que teje también fotografía, el coreógrafo también diseña carros para carnavales y entre esos personajes artísticos conocí el popular y muy querido Villo Rodríguez, autor de coplas para las tunas y también es el creador de las Mojigangas Ultra propias de las festividades de Corpus Cristi.

Entré a la iglesia San Atanasio y después de contemplar su belleza en cada recodo, conocí al padre Roberto con quien tuve una de las conversaciones más entusiastas, profundas, filosóficas, espirituales y amorosas que recientemente había tenido al punto que hasta me erizó la piel. 

Lo más divertido fue ver su sonrisa cuando al final le dije que yo le daba plomo duro a la iglesia católica y que renuncié al catolicismo, pero que su conversación y su vibración me representaba lo mismo que para un religioso era la homilía.

Un detalle conexo al fervor religioso del lugar, es ver la convivencia entre los homosexuales abiertos y su relación con el catolicismo. ¡Admirable!

Para mí, La Villa de Los Santos es jugar con lego porque aprendo algo nuevo cada día. Yo ignoraba que había una escuela del folklore, es un edificio que ocupa casi toda una cuadra.  Yo ignoraba que el café en casi toda la región se sirve con azúcar, excepto en el Restaurante Kenia Isabel.

Yo ignoraba los detalles del Corpus Cristi y la magia de su simbología. Yo ignoraba que Los Santos tenía su propio himno y una bandera de colores azul, rojo y amarillo, que es inclusive más antigua que la bandera de Colombia. 

Yo ignoraba que los santeños de pura cepa saborean la noche del 9 de noviembre y se vive con honorabilidad, orgullo, alegría y agradecimiento en el corazón. 

Yo ignoraba lo que se siente al escuchar el sonido de las cutarras arrastrándose por el asfalto al ritmo un riquísimo tamborito. 

Yo ignoraba que podía bailar con los ojos cerrados y desprevenida entre tanto hombre desconocido y a la vez sentirme segura y respetada. 

Yo ignoraba que ser invitada al portal de una casa de un santeño de La Villa es considerado un honor exclusivo para gente de gran aprecio, máxime si además te ofrecen una silla para ver un desfile patriótico, tuna, carnaval o cualquier festividad.

Aquí el café se sirve sin azúcar, pero la cordialidad endulza todo el lugar.

Una de mis fascinaciones de siempre es visitar museos, yo ignoraba que La Villa tenía el Museo de la Nacionalidad y para mi bendición, alcancé a verlo guiada de la mano del profesor MANUEL MORENO, un historiador apasionado, una guía de incalculable valor para cualquier amante de la historia escrita en letras mayúsculas.

Todo pueblo que se precie, cuenta con un museo en el que se narra su historia.

Días previos a mi segunda visita a Los Santos, hice un negocio con una millennial cuyo servicio remoto fue extraordinario. 

Jamás supuse que mi actual proveedora viviese a 18 kilómetros de La Villa, se trata de María Gabriela, dueña de una personalidad arrolladora, segura de sí misma, emprendedora, fuerte, de mente flexible a los cambios y muy especialmente con un auto conocimiento propio de un alma vieja. 

Me sorprendió sentirle su determinación y la lección que aprendí de ella – una chiquilla de 23 años – es que hoy día quien no hace plata es porque no quiere. 

Sus ingresos están diversificados y eso es precisamente lo que los gurús financieros siempre recomiendan y muy especialmente posterior a la pandemia.

En La Villa hay personajes emblemáticos y en mi corta experiencia, creo que un punto neurálgico para esos encuentros en precisamente la fonda Tradiciones Santeñas, cuya función social me recuerda mucho a la del Café Coca Cola en Santa Ana. 

En la fonda también conocí a la señora Francia, una mujer sin edad y con el alma siempre en fiesta, con los dichos en la punta de la lengua y el sentido del humor a flor de piel, ahí el popular Villo tiene su mesa VIP y otros preferimos el salón principal cuyo techo es original de 1881. En esa fonda tuve el gusto de conocer al tenor Ulises Athanasiadis junto a sus padres y su esposo.

Música y canto están siempre presentes para hacer más llevadera la convivencia.

El 10 de noviembre en la mañana, estaba yo soltando 30 palabrotas por segundo al darme cuenta que un huevas teclas se adueñó de mi parking reservado, sentada en el carro y pensando si me lo colocaba encima de la cabeza o me lo metía donde no me entra sol, miré hacia mi derecha y vi un rostro conocido, ¡era FERMINA

Me bajé del carro, lo dejé mal estacionado, caminé hacia ella y le dije con mis dos cejas levantadas, los ojos bien pelados, una sonrisa en mi boca y los brazos abiertos, “usted es la señora Fermina, yo la quería conocer. Escribí sobre usted después de ver su foto fumándose su cigarrillo”.

La mujer me miró con sus ojos nobles y su sonrisa ancha, su hija me jugó una broma y me invitaron a su portal. La conversación con Fermi fue risas de principio a fin. 

Yo estaba extasiada con su personalidad, una mujer que no renuncia a vivir, un espíritu que suma sabiduría, placer por la vida, resta preocupaciones y se pasa por el arco del triunfo el qué dirán; “tengo 90 años ¡pero quiero llegar a 100!”, me dijo después de nalguearme y decirme que yo era una culona.  

Una mujer que prefiere pedir perdón a pedir permiso, contonea su carisma sin reparos, se sabe muy respetada porque su ser es único en su clase, fumadora desde los 18 años y nunca ha tenido cáncer. 

Fermi, dentro de todas las personalidades que he conocido en La Villa, seguirá siendo mi clímax dentro de mis vibraciones y resonancias. 

Una loba feroz, ella es de las mías, me sentí parte de su manada, es contundente, franca, maleante con esa lengua, amada por sus nietos y muy cuidada por sus hijos, un alma libre y bondadosa. 

A las finales me permitió estacionar el carro justo frente a su casa y me brindó una cama para mi próxima visita. Imposible no amarla. 

Señoras de allá y de acá. De antes, de ahora y de siempre.
Fumar la vida: con calma, con suspiros, con exhalaciones y disfrutándolo al máximo, hasta que no quede casi nada.

En los días patrios que estuve en esa villa tan seductora, tuve sentimientos encontrados al ver tanto político engalanado, abanderado, homenajeado, entarimado y a la vez tan distanciado de las necesidades básicas de un pueblo tan noble y resiliente. 

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Confío que la sapiencia de sus habitantes una esfuerzos para preservar los valores que se distancian del clientelismo y la mala política que mantiene a escuelas con niños de tercer grado que no saben leer, con semillero de artistas bregando porque no tienen apoyo, y entre otras cosas, con un casco antiguo hermoso, pero sin seguimiento.

“La Villa de Los Santos es como una rosa; tiene colores, tiene aromas, es hermosa desde diferentes puntos de vista, y tiene espinas” – Óscar Gómez, pintor.

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Un comentario

  1. ¡que buena nota periodística contada a través de una narrativa libre y espontánea. Gracias por mostrarme esos pasajes de la cotidianidad de esta Villa de Los Santos, con sus personajes y la mirada particular tuya, Berta.

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